Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Este incidente me obligó a encargarme de muchas gestiones, en el transcurso de las cuales mi fiebre desapareció por sí sola. Hallé el domicilio del viejo. Residía, sin embargo, no en la isla Vasílievski, sino a dos pasos del lugar donde murió, en la casa de Klugen, bajo el tejado mismo, en una vivienda independiente situada en la quinta planta compuesta de un pequeño recibidor y una habitación grande de techo muy bajo con tres aberturas a modo de ventanas. Vivía en la mayor miseria. No había más muebles que una mesa, dos sillas y un viejísimo sofá, duro como una piedra y del que asomaba por todas partes la borra; además, pertenecían al propietario. La estufa, por lo visto, llevaba ya mucho tiempo sin encenderse; tampoco se veía vela alguna. Ahora estoy profundamente convencido de que el viejo acudía a la confitería de Müller con el único fin de sentarse a la luz de las velas y calentarse un poco. Encima de la mesa había una jarra de barro vacía y una corteza de pan duro. No se encontró ni un kópek. Ni siquiera había una muda de ropa blanca para amortajarlo; alguien tuvo que dar una camisa. Estaba claro que no podía vivir de ese modo, completamente solo; probablemente alguien, aunque fuera de tarde en tarde, iba a verle. En el cajón de la mesa se encontró su pasaporte. El difunto era de origen extranjero, pero súbdito ruso: Jeremiah Smith, mecánico, setenta y ocho años de edad. En la mesa había dos libros: un compendio de geografía y una versión rusa del Nuevo Testamento, con los márgenes llenos de marcas de lápiz y señales de uñas. Me quedé con los libros. Se preguntó a los inquilinos, al propietario del inmueble, pero nadie sabía casi nada. Los vecinos de aquel edificio eran muy numerosos, casi todos artesanos y mujeres alemanas que tenían alojamientos con servicio y pensión. El administrador de la casa, un noble, tampoco pudo aportar gran cosa sobre su antiguo huésped, salvo que el cuarto rentaba seis rublos al mes, que el difunto llevaba alojado en él cuatro meses y que los dos últimos no había pagado ni un kópek, por lo que se había visto obligado a echarle. Se preguntó si recibía alguna visita, pero nadie supo dar una respuesta satisfactoria. El edificio era grande: no poca gente entraba y salía en semejante arca de Noé, era imposible recordarlos a todos. El portero, que llevaba unos cinco años prestando sus servicios en el inmueble y que, probablemente, habría podido aportar algún dato esclarecedor, por pequeño que fuera, se había ido dos semanas antes del suceso a su tierra, de permiso, y había dejado en su puesto a un sobrino suyo, un chico joven, que aún no conocía personalmente ni a la mitad de los inquilinos. No sé a ciencia cierta cómo acabaron todas aquellas investigaciones, pero finalmente enterraron al viejo. Durante esos días, entre otras diligencias, fui a la Sexta Línea de la isla Vasílievski y, nada más llegar allí, no pude por menos que reírme de mí mismo: ¿qué esperaba encontrar en la Sexta Línea, aparte de una hilera de casas vulgares y corrientes? «Pero ¿por qué —me decía yo— hablaría el viejo en su agonía de la Sexta Línea y de la isla Vasílievski? ¿No estaría delirando?»