Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Escuche —dije, casi sin saber por dónde empezar—, no se aflija por Azorka. Venga, le llevaré a su casa. TranquilÃcese. Voy a buscar un coche ahora mismo. ¿Dónde vive usted?
El viejo no contestaba. Yo no sabÃa qué decisión tomar. No pasaba nadie. De repente me agarró la mano.
—¡Me ahogo! —dijo con voz ronca, apenas perceptible—. ¡Me ahogo!
—¡Vamos a su casa! —exclamé levantándome y tratando de levantarle a él con gran esfuerzo—. Va a tomarse un té y a acostarse… En seguida traigo un coche. Llamaré a un médico… Conozco uno…
No recuerdo qué más le dije. Trató de ponerse en pie, pero, apenas se levantó un poco, volvió a caer al suelo y a farfullar algo con aquella voz ronca y apagada. Me incliné más hacia él y agucé el oÃdo.
—En la isla VasÃlievski[9] —musitó el viejo—, en la Sexta LÃnea… en la Sex-ta LÃ-ne-a…
Y se calló.
—¿Vive usted en VasÃlievski? Pero si no se dirigÃa hacia allá; eso queda a la izquierda, no a la derecha. En seguida le llevo a su casa…
El viejo no se movÃa. Le cogà de la mano; la mano cayó como sin vida. Eché un vistazo a su rostro, lo toqué; ya estaba muerto. Me parecÃa como si todo aquello no fuera más que un sueño.