Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Esperarr! ¡Beba una copa de bueno coñac! —exclamó Müller, al ver que el enigmático visitante se disponÃa a irse.
Sirvieron el coñac. El viejo cogió maquinalmente la copa, pero las manos le temblaban y, antes de aproximársela a los labios, derramó la mitad y, sin probar una gota, volvió a depositarla en la bandeja. A continuación, sonriendo de forma extraña, con una sonrisa que no venÃa a cuento, salió de la confiterÃa a paso acelerado e irregular, dejando allà a Azorka. Todos quedaron estupefactos; se oyeron exclamaciones.
—Schwer Not! Was für eine Geschichte[8]! —decÃan los alemanes, mirándose los unos a los otros.
Corrà tras el viejo. A pocos pasos de la confiterÃa, girando a la derecha, habÃa un estrecho y oscuro callejón bordeado de casas enormes. Algo me decÃa que el viejo tenÃa que haberse ido por allÃ. La segunda casa a la derecha estaba en construcción y se hallaba toda rodeada de andamios. La valla que cercaba la casa daba prácticamente al centro del callejón; junto a la valla habÃan colocado unos tablones de madera para facilitar el tránsito a los peatones. En el oscuro rincón que formaban la valla y el edificio encontré al viejo. Estaba sentado en el borde de la acera de madera y, con los codos apoyados en las rodillas, se sostenÃa la cabeza con las manos. Me senté a su lado.