Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Se puede desecarr —dijo el compasivo Müller, tratando de consolar al viejo de algún modo («desecarr» quería decir «disecar»)—. Sí, se puede desecarr; Fiódor Kárlovich Krieger es magnífico desecadorr; Fiódor Kárlovich Krieger muy grande maestro —insistía Müller, mientras recogía el bastón del suelo y se lo entregaba al viejo.

—Sí, yo serr magnífico desecadorr —intervino con modestia el propio Herr Krieger, saliendo a primer plano. Era un alemán larguirucho, enjuto y bonachón, con un ensortijado cabello rojizo y un par de lentes sobre la nariz aguileña.

—Fiódor Kárlovich Krieger tiene grran Talent para hacerr toda clase de excelentes desecaciones —agregó Müller, comenzando a entusiasmarse con la idea.

—Sí, yo tengo grran Talent parra hacerr toda clase de excelentes desecaciones —volvió a corroborar Herr Krieger—, y yo a usted hacerr grratis desecación de su perro —añadió en un arrebato de magnánimo altruismo.

—¡No, yo a usted pagarr porr hacerr desecación del perro! —gritó a voz en cuello Adam Ivánich Schultz, aún más colorado que antes, también movido por su generosidad, considerándose ingenuamente la causa de todas las desgracias.

El viejo escuchaba todo aquello sin entender nada y seguía temblando de pies a cabeza.


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