Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pero aquel pobre seguía sin comprender nada; se agitó aún más que antes, se agachó para recoger su pañuelo, un viejo pañuelo azul agujereado que se le había caído del sombrero, y se puso a llamar a su perro, que seguía tumbado en el suelo, sin moverse, y que, por lo visto, dormía profundamente, con el hocico metido entre las patas.
—¡Azorka, Azorka! —masculló con voz temblorosa y senil—. ¡Azorka!
Azorka ni se inmutó.
—¡Azorka, Azorka! —repitió el viejo, lleno de angustia, y sacudió al perro con el bastón, pero el animal seguía en la misma postura.
El bastón se le cayó de las manos. Se agachó, se puso de rodillas y levantó con las dos manos la cabeza de Azorka. ¡Pobre Azorka! Estaba muerto. Había muerto en silencio, a los pies de su amo, tal vez de viejo o tal vez de hambre. Por un momento, el anciano se quedó mirándolo estupefacto, como si no acabara de comprender que hubiera muerto; después, se agachó en silencio hacia el que había sido su servidor y su amigo y apretó su pálido rostro contra el hocico inerte. Guardó un minuto de silencio. Estábamos todos conmovidos… Finalmente, el pobre hombre se levantó. Estaba muy pálido y temblaba como si le dieran escalofríos.