Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos El viejo dirigió maquinalmente una mirada a Müller y, de pronto, en su rostro, hasta entonces impasible, se manifestaron indicios de cierto desasosiego, de cierta zozobra. Comenzó a agitarse, se inclinó gimiendo hacia su sombrero, lo agarró rápidamente junto con el bastón, se levantó de la silla y, con una dolorida sonrisa —la humillada sonrisa del pobrecillo al que echan de un sitio en el que se ha sentado por equivocación—, se dispuso a salir del local. La presteza resignada y sumisa del anciano decrépito daba tal lástima, rompía de tal modo el corazón que todos los presentes, empezando por Adam Ivánich, cambiaron al punto de actitud. Era evidente que el viejo no sólo era incapaz de ofender a nadie, sino que él mismo era consciente de que en todo momento podían echarle de cualquier lugar como a un mendigo.
Müller era un hombre bueno y compasivo.
—No, no —empezó a decir, dándole al viejo unas palmaditas en el hombro para reconfortarle—. ¡Siéntese usted! Aber[7] Herr Schultz ruega encarecidamente que no lo mire. Es conocido en la corrte.