Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No, no exactamente —respondió—. Aunque sà habÃa oÃdo algo de ese Smith, me habÃan contado que un anciano habÃa fallecido en una confiterÃa. De quien sà sé algo más es de madame Búbnova. Hace ya dos meses, acepté un soborno de esa dama. Je prends mon bien où je le trouve[43], sólo en eso me parezco a Molière. Pero, a pesar de haberle arrancado cien rublos, me prometà entonces sacarle no cien, sino quinientos. ¡Qué señora más detestable! Se dedica a unas actividades inadmisibles. Y eso no tendrÃa mayor importancia si no fuera demasiado lejos en ocasiones. No vayas a tomarme por un Don Quijote, te lo ruego. Lo único que pasa es que todo esto me puede venir muy bien, y hace media hora, cuando me encontré con Sizobriújov, me llevé una alegrÃa enorme. A Sizobriújov, evidentemente, le han hecho venir hasta aquÃ, y ha sido ese gordo el que le ha traÃdo, y como yo ya sé en qué clase de negocios anda metido el gordo, tengo que concluir que… ¡SÃ, ahora le tengo bien cogido! Cuánto me alegro de haber sabido por ti de esa chiquilla; es una nueva pista. Yo, hermano, acepto todo tipo de encargos, ¡y tendrÃas que ver a qué gente conozco! Hace poco he estado investigando un asuntillo para cierto prÃncipe, y te puedo asegurar que nadie se habrÃa esperado que ese prÃncipe estuviera metido en esa clase de asuntos. Pero, si quieres, también te puedo contar otra historia, sobre una mujer casada. Tienes que venir a verme, hermano; vas a escuchar unas cosas tales que, como se te ocurra escribirlas, no te va a creer nadie…