Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Aunque en seguida volvió a mostrarse amable y cordial. Esta vez estuvo especialmente dócil. Me quedé más de una hora en su casa. Estaba muy inquieta. El prÃncipe la habÃa asustado. Algunas preguntas suyas me dieron a entender que estaba ansiosa por saber qué impresión le habrÃa causado ella. ¿Se habÃa comportado bien? ¿No se habrÃa excedido al manifestar abiertamente su alegrÃa? ¿No habrÃa sido demasiado suspicaz? ¿O, por el contrario, excesivamente indulgente? ¿Qué habrÃa podido pensar él? ¿Se habÃa reÃdo de ella? ¿No la habÃa mirado con desprecio?… Las mejillas le ardÃan pensando en todo eso.
—¿Cómo puedes estar tan preocupada únicamente por lo que piense una mala persona? ¡Déjale que piense lo que quiera! —dije.
—¿Mala persona? ¿Por qué? —me preguntó.