Humillados y ofendidos

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Pero tenía prisa y me levanté para irme. Ella pareció sorprendida y estuvo a punto de echarse a llorar al ver que me iba, a pesar de que en todo ese rato no se había mostrado particularmente cariñosa; al contrario, había estado conmigo algo más fría que de costumbre. Me besó calurosamente y me miró largamente a los ojos.

—Escucha —me dijo—, Aliosha ha actuado hoy de un modo ridículo, tanto que me ha sorprendido. Ha estado muy simpático, se le veía muy contento; pero me ha parecido tan fatuo, tan engreído, no paraba de pavonearse delante del espejo… Últimamente, es un tanto desconsiderado… Aparte de que ha estado aquí poco tiempo. Imagínate: me ha traído caramelos.

—¿Caramelos? Bueno, resulta tan ingenuo, tan encantador. ¡Ay, cómo sois los dos! Habéis empezado a vigilaros, a espiaros, a estudiar la cara del otro, a intentar descubrir en ella no sé qué pensamientos ocultos (¡aunque luego no entendéis nada de nada!). Pero no le pasa nada. Es el mismo chiquillo alegre de siempre. ¡Ay, cómo eres!




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