Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Siempre que Natasha adoptaba ese tono y acudía a mí para quejarse de Aliosha, o para que le aclarara ciertas dudas sutiles, o para revelarme algún secreto —confiando en que yo sería capaz de captarlo con medias palabras—, recuerdo que me miraba con una sonrisa forzada, como implorándome que tomara, indefectiblemente, una decisión que le permitiera sentir un alivio inmediato. Aunque también recuerdo que, en tales casos, yo adoptaba un tono severo y tajante, como si estuviera amonestando a alguien y, aunque improvisaba, siempre me salía bien. Mi severidad y mi gravedad eran de lo más convincente, parecían enormemente resolutivas; y es que a veces la gente siente una necesidad irresistible de ser reprendida. Natasha, por lo menos, solía marcharse perfectamente consolada.










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