Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No, Vania, mira —siguió diciendo, poniéndome una mano en el hombro, mientras con la otra me estrechaba una mano, y sus ojos buscaban mis ojos—, es que le he visto poco preocupado, estaba hecho todo un marido… ya sabes, como esos hombres que llevan ya diez años casados, pero todavÃa se muestran cariñosos con su mujer. ¿No es demasiado pronto para actuar asÃ? Se reÃa, revoloteaba, y era como si a mà no me afectara nada de eso, como si apenas tuviera que ver conmigo; no era el mismo de antes… TenÃa prisa por ir a ver a Katerina Fiódorovna… Cuando le hablaba, él no me escuchaba, o cambiaba de tema; ya conoces esa costumbre suya, tÃpicamente aristocrática, que hemos procurado quitarle entre los dos… En resumen, me ha parecido… hasta indiferente… Pero ¡quién me mandará hablar! ¡Empiezo y ya no paro! ¡Ay, qué exigentes somos, Vania! ¡Qué caprichosos déspotas! ¡Ahora me doy cuenta! ¡Somos incapaces de perdonarle a un hombre un cambio insignificante en su cara, sin saber a qué obedece tal cambio! ¡Has hecho bien en reprochármelo, Vania! ¡Toda la culpa es mÃa! Nosotros mismos somos los causantes de nuestra pena, y encima nos quejamos… Gracias, Vania, por consolarme. ¡Ay, ojalá vuelva luego! Aunque quién sabe. Igual está enfadado por lo de antes.
—Pero ¡si decÃas que no habÃais discutido! —exclamé perplejo.