Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Vamos a ver a madame Búbnova, a ajustar cuentas con ella… ¡Es toda una belleza! —exclamó, dirigiéndose a Aleksandra Semiónovna, e incluso se besó las puntas de los dedos al aludir a madame Búbnova.
—¡Qué cosas se te ocurren! —comentó Aleksandra Semiónovna, pensando que enfadarse un poco era, indudablemente, su deber.
—¿No os conocéis? Te la presento, hermano: Aleksandra Semiónovna, permite que te presente a un general literario; sólo una vez al año se exhiben gratis, el resto del año hay que pagar por verlos.
—¡Qué tonterÃa! No le haga caso, por favor; siempre me está tomando el pelo. ¿Qué generales son ésos?
—Ya he dicho que no es un general cualquiera. Y tú, excelencia, no te vayas a creer que somos unos estúpidos, somos bastante más listos de lo que parece a primera vista.
—Ni caso; continuamente me está dejando en ridÃculo delante de las personas decentes, el muy desvergonzado. Ya podÃa llevarme alguna vez al teatro.
—Hay que amar a los allegados, Aleksandra Semiónovna… ¿Ya se le ha olvidado? ¿No se le habrá olvidado esa palabrita que le enseñé?
—Claro que no se me ha olvidado esa sandez.
—Muy bien, ¿y qué palabra era ésa?