Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Llegamos al restaurante; pero ese individuo al que llamaban Mitroshka no estaba allí. Ordenamos al cochero que nos aguardase junto al porche del restaurante y nos dirigimos a casa de Búbnova. Mitroshka nos esperaba al lado del portal. Las ventanas estaban intensamente iluminadas, y podía oírse la risa estrepitosa, de borracho, de Sizobriújov.

—Ahí están todos, desde hace un cuarto de hora —nos informó Mitroshka—. Éste es el momento indicado.

—Pero ¿cómo entramos? —pregunté.

—Como invitados —replicó Maslobóiev—. Ella me conoce; y también a Mitroshka. Es verdad que todas las puertas están cerradas, pero no para nosotros.

Llamó tranquilamente al portal, y en seguida vinieron a abrir. Nos abrió el portero, que intercambio una señal con Mitroshka. Entramos en silencio; los de dentro no nos oyeron. El portero nos guió por la escalera y llamó a una puerta. Le respondieron; dijo que era él, pero que, por lo visto, alguien preguntaba por la señora. Abrieron, y aprovechamos para entrar todos a la vez. El portero desapareció.

—Ay, pero ¿quién está ahí? —exclamó madame Búbnova, borracha y desgreñada, sorprendida en el pequeño vestíbulo con una lámpara en la mano.


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