Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¿Quién? —respondió Maslobóiev—. ¿Cómo es eso, Anna Trífonovna? ¿Es que no reconoce usted a los buenos amigos? ¿Quién iba a ser? Somos nosotros… Filipp Filíppich.

—¡Ah, Filipp Filíppich! Son ustedes… Queridos amigos… Pero cómo es que… Yo… no sabía… Por aquí, señores, se lo ruego…

No sabía dónde meterse.

—¿Por dónde dice usted? Pero si aquí hay un tabique… Nos esperábamos mejor recibimiento. Nos gustaría tomar algo fresco, y ¿no habrá por ahí algunas preciosidades?

La señora no había tardado en recobrar el ánimo.

—Para tan excelentes huéspedes, las sacaré, si hace falta, de debajo de la tierra; aunque tenga que encargarlas al reino de la China.

—Una cosa, mi querida Anna Trífonovna: ¿está aquí Sizobriújov?

—Sí… aquí está.

—Pues necesito hablar con él. ¡Cómo se habrá atrevido, el muy canalla, a venir de parranda sin contar conmigo!

—Pero si seguro que no se ha olvidado de usted. Ha estado todo el tiempo esperando a alguien; sería a usted, sin duda.


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