Humillados y ofendidos

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Maslobóiev empujó la puerta, y nos encontramos en una habitación pequeña, con dos ventanas, geranios, unas sillas de rejilla y un piano destartalado, todo como cabía esperar. Pero antes de entrar allí, mientras estábamos hablando en el vestíbulo, Mitroshka ya había desparecido. Más tarde supe que no había llegado a entrar, sino que se había quedado esperando al otro lado de la puerta. Tenía que abrir a alguien más después. La mujer desgreñada y repintada que había visto aquella mañana asomando por detrás de madame Búbnova resultó ser su comadre.

Sizobriújov estaba sentado en un pequeño sofá de caoba, delante de una mesa redonda, cubierta con un mantel. En la mesa había dos botellas de champán tibio, una botella de ron barato, unos platos con caramelos, dulces y tres clases de frutos secos. Detrás de la mesa, enfrente de Sizobriújov, había una criatura repugnante de unos cuarenta años, picada de viruelas, con un vestido negro de tafetán, y unos brazaletes y broches de bronce. Se trataba de la mujer, evidentemente falsa, del funcionario de alto rango. Sizobriújov estaba borracho y parecía muy satisfecho. Su camarada barrigudo no estaba con él.

—¡Lo que hacen algunos! —gritó Maslobóiev a pleno pulmón—. ¡Después de haberme dicho que me invitaba a Dussaud!


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