Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Filipp FilÃppich, qué alegrÃa! —balbuceó Sizobriújov, levantándose con aire satisfecho para ir a nuestro encuentro.
—¿Estabas bebiendo?
—Discúlpeme.
—No te disculpes e invita a los amigos. Hemos venido a divertirnos un rato en tu compañÃa. Traigo a otro invitado: es un amigo. —Maslobóiev me señaló.
—Encantado; quiero decir, que es un placer, señor… ¡Ji!
—¡Vaya, y a esto lo llaman champán! Parece sopa agria.
—Me ofende usted.
—O sea, que no te atreves a presentarte en Dussaud, ¡y para colmo invitas!
—Precisamente me estaba contando que ha estado en ParÃs —terció la mujer del funcionario—; ¡sin duda, mentÃa!
—Fedosia Titishna, me ofende usted. Claro que he estado. He viajado.
—¡Semejante palurdo en ParÃs!
—Claro que he estado. ¿Por qué no iba a poder? Karp VasÃlich y yo nos hicimos notar allÃ. ¿Conocen ustedes a Karp VasÃlich?
—¿Para qué quiero yo conocer a ese Karp VasÃlich tuyo?