Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Bueno, no sé… asuntos de política… Pues nosotros dos, en ese villorrio, en París, estando en casa de madame Joubert rompimos un tremó inglés.

—¿Que rompisteis qué?

—Un tremó, señor. Era enorme, ocupaba toda la pared, hasta el techo; y Karp Vasílich estaba tan borracho que se puso a hablarle en ruso a madame Joubert. Estaba al lado del tremó, rozándolo con el codo. Y la Joubert, gritándole (en su idioma, claro): «Ese tremó vale setecientos francos; te lo vas a cargar». (Un franco viene a ser como un chetvertak[44] de los nuestros.) Él me miraba con una sonrisa maliciosa; yo estaba enfrente de él, sentado en un sofá, en compañía de una belleza, no de un adefesio como éste, de cuidado, dicho sea de paso. Total, que va él entonces y me dice a gritos: «¡Stepán Teréntich, Stepán Teréntich! ¿Qué le parece si vamos a medias?». Y yo: «¡De acuerdo!». Y en ese momento soltó un puñetazo en el tremó, y ¡zas!, el espejo se hizo añicos. La Joubert empezó a chillar, y le espetó a la cara: «¿Tú qué te has creído, bandido?» (en el idioma de ellos, naturalmente). Y él: «Toma el dinero, madame Joubert, y no te opongas a mis costumbres», y le largó sin más seiscientos cincuenta francos. Y estuvieron regateando por el medio centenar que faltaba.


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