Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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En ese momento nos sobrecogió un chillido aterrador. Había atravesado varias puertas: venía de dos o tres habitaciones más allá de aquélla en la que nos encontrábamos. Me estremecí, y también yo dejé escapar un grito. Había reconocido aquel chillido: era la voz de Yelena. A ese grito lastimero le siguieron más gritos, insultos y un gran alboroto; por último, se oyó el impacto —alto, claro, nítido— de una bofetada en pleno rostro. Seguramente, eso era obra de Mitroshka. De repente, la puerta se abrió impetuosamente, y Yelena —pálida, con la mirada turbia, con un vestido blanco de muselina todo roto y arrugado, con el pelo, que había sido peinado con esmero, alborotado como después de una pelea— irrumpió en la habitación. Yo estaba enfrente de la puerta, y ella se dirigió hacia mí y se echó en mis brazos. Todo el mundo pegó un brinco, alarmado. Su llegada se vio acompañada de gritos y exclamaciones. Tras ella, apareció en la puerta Mitroshka, tirando del pelo a su grueso rival, que tenía un aspecto lamentable. Lo llevó a rastras hasta el umbral de la puerta y lo arrojó al interior de la habitación.

—¡Aquí está! ¡Es vuestro! —exclamó Mitroshka, con una cara de completa satisfacción.



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