Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Escucha —dijo Maslobóiev, dirigiéndose a mí, tranquilamente, y dándome unas palmadas en el hombro—, coge a la niña, avisa al cochero y llévatela a tu casa, aquí ya no tienes nada que hacer. Mañana arreglaremos el resto.

No tuvo que repetírmelo. Cogí de la mano a Yelena y la saqué de aquel antro. No sé cómo terminaría allí todo. Nadie intentó detenernos: la dueña de la casa estaba muerta de miedo, paralizada. Todo ocurrió tan rápido que no fue capaz de intervenir. El cochero nos estaba esperando, y veinte minutos más tarde ya estábamos en casa.

Yelena parecía medio muerta. Le aflojé el vestido, la rocié con agua y la tumbé en el sofá. Le estaba subiendo la fiebre y empezó a delirar. Contemplé su pálida cara infantil, sus labios descoloridos, sus cabellos negros, untados con pomada, el elaborado peinado que se le había caído hacia un lado; me fijé en todo su atavío, en aquellos lacitos rosa del vestido, que sólo se conservaban en parte, y acabé de convencerme de la veracidad de esa repugnante historia. ¡Pobrecilla! Todo le había ido de mal en peor. No quería apartarme de ella y decidí no ir aquella tarde a casa de Natasha. De vez en cuando, levantaba sus largas pestañas y me dirigía una mirada: me miraba larga y fijamente, como si me reconociera. Muy tarde, pasada ya la medianoche, se durmió. Yo me quedé dormido a su lado, en el suelo.


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