Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos A las once llegó Maslobóiev. Estaba preocupado y parecía distraído; sólo estuvo un minuto, tenía mucha prisa por ir a no sé dónde.
—Caramba, hermano, no contababa con que vivieras en un palacio —comentó, mirando a su alrededor—, pero tampoco esperaba encontrarte en un baúl como éste. Esto no es un apartamento, sino un baúl. Muy bien, admitamos que, en sí mismo, eso no tiene mayor importancia, pero lo más lamentable es que todos estos quehaceres te impiden trabajar en paz. Ayer, mientras nos dirigíamos a casa de la Búbnova, ya iba pensando yo en esto. Y es que yo, hermano, por mi temperamento y por mi condición, soy de esas personas incapaces de hacer nada sensato por sí mismas, pero que se dedican a dar lecciones a los demás. Y ahora escúchame: es posible que mañana o pasado mañana venga por aquí, y tú tienes que venir sin falta a mi casa el domingo por la mañana. Confío en que para entonces todo el problema de esta niña se haya resuelto definitivamente; también quiero que hablemos en serio, porque contigo hay que hacer algo. Así no se puede vivir. Ayer me limité a sugerírtelo, pero ahora te lo quiero exponer racionalmente. Dime, en definitiva: ¿te parecería una deshonra que te prestara dinero por un tiempo?
—¡Venga, no te enfades! —le interrumpí—. Mejor cuéntame cómo terminó ayer todo.