Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Decidí quedarme todo el día con Yelena y, si nada me lo impedía, dejarla a solas lo menos posible. Pero, sabiendo que tanto Natasha como Anna Andréievna se iban a preocupar si seguían esperándome en vano, decidí, al menos, hacer saber a Natasha, por medio del correo, que no podía ir a verla en todo el día. A Anna Andréievna no podía escribirle una carta. Ella misma me había rogado, en cierta ocasión, que dejara de enviarle cartas, de una vez por todas, después de que le hubiera estado mandado noticias durante la enfermedad de Natasha. «En cuanto ve una de tus cartas, mi viejo hombre se deprime —me dijo—; está deseando, de todo corazón, saber lo que dice, pero no se anima a preguntar. Y se pasa todo el día de mal humor. Aparte de eso, bátiushka, lo único que consigues con tus cartas es sacarme de mis casillas. ¿Qué son diez líneas? Una necesita conocer los detalles, y no te tengo a mano para preguntarte». Por eso, sólo escribí a Natasha, y, cuando fui a la farmacia con la receta, aproveché de paso para enviar la carta.
Mientras tanto Yelena había vuelto a dormirse. En sueños, se quejaba ligeramente y tiritaba. El doctor tenía razón: le dolía mucho la cabeza. De vez en cuando se le escapaba un grito y se despertaba. Me miraba muy irritada, como si mis desvelos le resultaran especialmente odiosos. Reconozco que eso me hería.