Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Yelena le había causado una profunda impresión. Al tomarle el pulso, ella se había resistido a darle la mano y no había querido enseñarle la lengua. No había respondido ni una palabra a ninguna de sus preguntas, limitándose a mirar de hito en hito la enorme cruz de San Estanislao que le colgaba del cuello.
—Me imagino que le dolerá mucho la cabeza —observó el viejo doctor—, pero, de todos modos, ¡vaya una mirada!
No consideré necesario contarle lo que le había ocurrido a Yelena, y me excusé diciendo que era una larga historia.
—Si fuera preciso, hágamelo saber —dijo al marcharse—. Pero, por ahora, no hay peligro.