Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos TenÃa en casa una tetera de cobre grande. Desde hacÃa tiempo, la usaba, en lugar del samovar, para hervir agua. TenÃa leña, el portero me acababa de suministrar una cantidad suficiente para cinco dÃas. Encendà el fuego, fui a coger agua y puse la tetera. Saqué todo lo necesario para preparar el té y lo coloqué sobre la mesa. Yelena se volvió hacia mà y se quedó mirando todo aquello con curiosidad. Le pregunté si necesitaba algo. Pero volvió a darme la espalda, sin responder nada.
«¿Por qué estará enfadada conmigo? —pensé—. ¡Qué chiquilla más rara!»
A las diez, como ya he dicho, vino mi viejo doctor. Examinó a la enferma con toda su diligencia alemana y me reconfortó enormemente al decirme que, a pesar de que el estado febril persistÃa, no habÃa nada que temer. Añadió que la niña tenÃa que padecer, además, una enfermedad crónica, algún tipo de arritmia cardiaca. «Pero esa cuestión —añadió— va a requerir una especial vigilancia; de momento está fuera de peligro». Le recetó una mixtura y unos polvos, más por rutina que por necesidad, tras lo cual empezó a interrogarme, deseoso de averiguar cómo habÃa venido a parar a mi casa. Al mismo tiempo, lleno de asombro, no dejaba de observar mi apartamento. Ese anciano era un charlatán terrible.