Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Se despertó justo en el momento en que yo entraba en el cuarto. Me acerqué a ella y le pregunté, con mucha delicadeza, cómo se encontraba. No me respondió, sino que se quedó mirándome fijamente, durante mucho rato, con sus expresivos ojos negros. Aquella mirada suya me hizo pensar que se acordaba perfectamente de todo lo ocurrido. Sin embargo, no me dijo nada, ateniéndose tal vez a su costumbre de siempre. Tanto la víspera como la antevíspera había hecho lo mismo: cada vez que le preguntaba algo, ella no abría la boca, sino que empezaba de pronto a mirarme a los ojos, con una mirada persistente y tenaz, en la que, además del recelo y una curiosidad primitiva, había también un extraño orgullo. En esta ocasión, detecté en su mirada severidad, e incluso cierta desconfianza. Quise ponerle la mano en la frente para comprobar si tenía fiebre, pero ella, sin decir nada, me la apartó con su pequeña mano y se volvió hacia la pared, dándome la espalda. Me retiré, para no alterarla.