Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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No he nacido aquí, sino lejos, en la provincia de ***. Cabe suponer que mis padres fueron buenas personas, si bien quedé huérfano de niño y me crié en casa de Nikolái Sergueich Ijménev, un pequeño terrateniente, que me acogió por compasión. Sólo tenía una hija, Natasha, una niña tres años menor que yo. Crecimos como hermanos. ¡Ah, mi querida infancia! ¡Qué absurdo resulta añorarte y lamentarte a mis veinticinco años y, a las puertas de la muerte, recordarte sólo a ti con entusiasmo y gratitud! Lucía entonces en el cielo un sol tan radiante, tan distinto del sol peterburgués, y nuestros pequeños corazones latían con tanto vigor, con tanta alegría. Entonces había campos y bosques a nuestro alrededor, y no un montón de piedras inertes como ahora. ¡Qué maravillosos eran el jardín y el parque en la aldea de Vasílievskoie, donde Nikolái Sergueich trabajaba de administrador! Natasha y yo solíamos pasear por aquel jardín, más allá del cual se extendía un enorme y húmedo bosque, donde en cierta ocasión, siendo niños, nos perdimos… ¡Bellos tiempos dorados! La vida se manifestaba por primera vez, misteriosa y cautivadora, y ¡qué dulce era familiarizarse con ella! En aquel tiempo parecía que detrás de cada arbusto, detrás de cada árbol, habitara todavía algún ser enigmático y desconocido: el mundo fantástico se fundía con el real. Cuando en los profundos valles se espesaba la bruma vespertina y, formando sinuosos mechones canos, se enganchaba en la maleza que crecía en la vertiente pedregosa de nuestro gran barranco, Natasha y yo, en el borde, cogidos de la mano, con temerosa curiosidad, contemplábamos el abismo y esperábamos que de un momento a otro alguien llegara hasta nosotros o respondiera desde la niebla del fondo, convirtiendo los cuentos de la nodriza en pura y genuina verdad. Un día, mucho tiempo después, le recordé a Natasha cómo nos regalaron en cierta ocasión un ejemplar de Lecturas infantiles[10] y cómo corrimos inmediatamente hacia el estanque del jardín —donde bajo un viejo y frondoso arce se hallaba nuestro banco predilecto de color verde—, nos sentamos y nos pusimos a leer Alfonso y Dalinda[11], un cuento de hadas. Aun ahora no puedo acordarme de aquel relato sin sentir un extraño vuelco en el corazón y hace un año, cuando le recordé a Natasha los dos primeros renglones: «Alfonso, el protagonista de este relato, nació en Portugal; don Ramiro, su padre…», etcétera, etcétera, poco faltó para que me echara a llorar. Debió de sonar tremendamente ridículo y probablemente por eso Natasha sonrió de aquel modo tan extraño ante mi entusiasmo. Por lo demás, en seguida cayó en la cuenta (me acuerdo perfectamente) y, para consolarme, se puso ella misma a rememorar el pasado. Hablando y hablando, ella también se emocionó. Fue una velada inolvidable; fuimos recordándolo todo: hasta cuando me mandaron a un internado de la capital de la provincia —¡Señor, cómo lloró ella entonces!—, así como nuestra última separación, cuando abandoné para siempre Vasílievskoie. Entonces ya había concluido mis estudios en el internado, y me trasladé a San Petersburgo a fin de prepararme para el ingreso en la universidad. Tenía entonces diecisiete años y ella catorce. Según Natasha, en aquella época yo era tan desgarbado, tan larguirucho, que uno no podía evitar reírse al contemplarme. En el momento de la despedida, la llevé aparte para decirle algo de suma importancia; pero de pronto se me trabó la lengua y me quedé mudo. Recuerda ella que me encontraba muy agitado. Nuestra conversación, claro está, languideció. Yo no sabía qué decir, y ella probablemente no me habría comprendido. Sencillamente, rompí a llorar con amargura y me fui así, sin haber dicho nada. Volvimos a vernos, ya mucho tiempo después, en San Petersburgo. Hará de eso un par de años. El viejo Ijménev había venido aquí para atender ciertas gestiones en relación con un pleito suyo y yo acababa de lanzarme por aquel entonces a la literatura.


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