Humillados y ofendidos

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III

Nikolái Sergueich Ijménev procedía de una buena familia, venida a menos hacía mucho tiempo. Sin embargo, a la muerte de sus padres le quedó una buena propiedad con ciento cincuenta almas. A los veinte años se dispuso a ingresar en el cuerpo de húsares. Todo iba bien, pero en el sexto año de servicio, en el transcurso de una aciaga velada, perdió en el juego todos sus bienes. Aquella noche no pudo pegar ojo. Al día siguiente volvió a sentarse en la mesa de juego y apostó su caballo a una carta: era lo último que le quedaba. Aquella carta resultó ganadora, y después de ella otra más, y también una tercera, y al cabo de media hora había recuperado una de sus propiedades, la aldea de Ijménevka, en la que había cincuenta almas, según el último censo. Dejó de jugar y al día siguiente presentó su dimisión. Había perdido irremisiblemente un centenar de almas. Al cabo de dos meses fue licenciado con el grado de teniente y se marchó a su aldea. Después de aquello, nunca en la vida habló de sus pérdidas y, a pesar de su bien conocida bondad, no cabe duda de que se habría peleado con quien osara recordárselas. Una vez en la aldea, se entregó a la concienzuda administración de su hacienda, y a los treinta y cinco años se casó con una noble pobre, Anna Andréievna Shumílova, desprovista de dote pero educada en el aristocrático internado provincial dirigido por la emigrada Mont Revèche, algo de lo que se enorgulleció toda su vida, aunque nadie pudo averiguar nunca en qué consistía exactamente dicha educación. Nikolái Sergueich se convirtió en un excelente patrón. De él aprendían a llevar sus haciendas los terratenientes de los alrededores. Pasaron algunos años cuando de pronto, venido de San Petersburgo, llegó a la hacienda vecina, a la aldea de Vasílievskoie, de novecientas almas, el príncipe Piotr Aleksándrovich Válkovski, su propietario. Su llegada causó una fuerte impresión en los alrededores. El príncipe aún era joven, aunque ya no un muchacho, disfrutaba de un alto cargo e importantes contactos, era bien parecido, adinerado y viudo, para más señas, lo cual les resultaba especialmente interesante a las damas y señoritas de todo el distrito. Se hablaba de la esplendorosa recepción que le había brindado en la capital de la provincia el gobernador, con quien guardaba cierto parentesco; de cómo a todas las damas de la capital las «había vuelto locas con su galantería», y de mil cosas más. En pocas palabras, era uno de esos deslumbrantes miembros de la alta sociedad peterburguesa que rara vez se dejan ver en provincias y que, cuando lo hacen, producen un extraordinario efecto. El príncipe, sin embargo, no se mostraba en absoluto amable, sobre todo con aquéllos a quienes no necesitaba y consideraba, aunque fuera levemente, inferiores. Con los vecinos de las haciendas colindantes no se dignó entablar relaciones, por lo que inmediatamente se granjeó muchos enemigos. Por eso todo el mundo se asombró tanto cuando, un buen día, se le ocurrió hacerle una visita a Nikolái Sergueich. Si bien es cierto que Nikolái Sergueich era uno de sus vecinos más cercanos. En casa de los Ijménev, el príncipe causó una magnífica impresión. Fascinó en el acto al matrimonio; sobre todo se entusiasmó con él Anna Andréievna. Al poco tiempo visitaba su casa con toda naturalidad, iba a verlos a diario, los invitaba a su casa, decía agudezas, contaba anécdotas, tocaba el destartalado piano, cantaba. Los Ijménev no salían de su asombro: ¿cómo era posible que de un hombre tan amable y encantador se dijese que era arrogante, altivo, un completo egoísta, como proclamaban unánimemente todos los vecinos? Cabía pensar que al príncipe realmente le hubiera caído bien Nikolái Sergueich, hombre sencillo, franco, desinteresado y noble. Pero en seguida se aclaró todo. El príncipe había ido a Vasílievskoie con la intención de despedir a su administrador, un alemán pródigo, con ambiciones, experto agrónomo, con venerables canas, lentes y nariz aguileña, pero que, pese a todas estas excelencias, robaba sin pudor ni censura y, por si esto fuera poco, había martirizado a varios campesinos. Iván Kárlovich había sido, por fin, desenmascarado y pillado in fraganti; se mostró muy ofendido y habló mucho de la honradez germánica; pero, a pesar de todo, le echaron de una forma bastante ignominiosa. El príncipe necesitaba un administrador y escogió a Nikolái Sergueich, excelentísimo patrón y hombre honradísimo, atributos de los que, naturalmente, nadie albergaba la más mínima duda. Al parecer, el príncipe habría deseado fervientemente que el propio Nikolái Sergueich se hubiera ofrecido como administrador; pero no sucedió así, y el príncipe, una hermosa mañana, le hizo personalmente el ofrecimiento en forma de la más cordial y humilde súplica. En un primer momento, Ijménev rechazó la oferta, pero el considerable salario sedujo a Anna Andréievna, y las redobladas gentilezas del solicitante acabaron por disipar las últimas vacilaciones. El príncipe había conseguido su objetivo. Sin duda alguna, conocía muy bien a la gente. En el poco tiempo que llevaba tratando a Ijménev se había dado perfecta cuenta de qué clase de hombre era y había comprendido que tenía que conquistarle de un modo amistoso y cordial, que había que ganarse su corazón y que, sin eso, el dinero serviría de muy poco. Necesitaba un administrador en quien pudiese confiar ciegamente y para siempre, a fin de no tener que volver jamás por Vasílievskoie, pues ese era su verdadero propósito. La fascinación que ejerció sobre Ijménev fue tan fuerte que éste creyó sinceramente en su amistad. Nikolái Sergueich era uno de esos individuos de buen corazón e ingenuamente románticos que tanto abundan en Rusia, y cuya bondad —por mucho que se diga de ellos— llega al extremo de que, cuando le cogen cariño a alguien (a veces, sabe Dios por qué), se le entregan con toda el alma, extremando en ocasiones su adhesión hasta un punto cómico.


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