Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pasaron muchos años. La hacienda del príncipe prosperaba. Las relaciones entre el propietario de Vasílievskoie y su administrador discurrían sin el menor roce por ambas partes, limitándose a una estricta correspondencia laboral. El príncipe, sin intervenir en absoluto en las disposiciones de Nikolái Sergueich, le daba ocasionalmente unos consejos que asombraban a Ijménev por su extraordinario pragmatismo y eficiencia. Estaba claro que no sólo no le gustaban los gastos superfluos, sino que además sabía obtener ganancias. Unos cinco años después de su visita a Vasílievskoie le envió a Nikolái Sergueich un poder que le facultaba para comprar otra magnífica propiedad de cuatrocientas almas en la misma provincia. Nikolái Sergueich estaba entusiasmado; los éxitos del príncipe, así como los rumores de sus triunfos y de su encumbramiento se los tomaba tan a pecho como si se tratara de su propio hermano. Pero su entusiasmo llegó al colmo cuando el príncipe le mostró en cierta ocasión la extraordinaria confianza que tenía depositada en él. Esto fue lo que sucedió… No obstante, llegados a este punto, considero imprescindible referir algunos pormenores particulares de la vida de este príncipe Válkovski, que es, en parte, uno de los protagonistas de mi relato.