Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Primero fui corriendo a casa de Anna Andréievna. Me esperaba con ansiedad febril y me recibió con reproches; estaba terriblemente inquieta: nada más comer, Nikolái Sergueich había salido, pero ella no sabía adónde había ido. Yo ya me imaginaba que la anciana no se habría podido resistir y se lo habría contado todo, como era habitual en ella, a base de alusiones. Lo cierto es que ella misma casi me lo confesó, diciéndome que no había podido resignarse a la idea de dejar de compartir tan inmensa alegría con él, pero que el humor de Nikolái Sergueich se había vuelto —según su propia expresión— más negro que un nublado, y no había abierto la boca.

—Estuvo todo el tiempo callado —me decía—, sin contestar siquiera a mis preguntas. Y, de repente, después de comer, se ha preparado para salir y se ha marchado.








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