Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Mientras me contaba todo esto, Anna Andréievna casi temblaba de miedo, y me imploraba que esperáramos juntos a Nikolái Sergueich. Yo le dije que me resultaba imposible, y le anuncié, de forma tajante, que seguramente no podría volver al día siguiente, y que si me había acercado había sido, precisamente, para prevenirla. A punto estuvimos de pelearnos en esta ocasión. Se echó a llorar; me reprendió con aspereza y amargura, y sólo cuando salía por la puerta se me colgó del cuello, me estrechó con fuerza entre sus brazos y me pidió que no me enfadara con ella, una pobre «huérfana», y no me tomara a mal sus palabras.
A Natasha, en contra de lo esperado, volví a encontrármela sola y, extrañamente, me dio la impresión de que esta vez no se alegraba de verme, a diferencia de lo que había ocurrido la víspera y, en general, siempre que iba a visitarla. Fue como si la estorbara o la molestara de algún modo. A mi pregunta de si Aliosha había ido a verla, me contestó:
—Claro que sí, ha venido, aunque no ha estado mucho tiempo. —Y añadió, con aire pensativo—: Me ha prometido volver esta tarde.
—¿Y anoche estuvo?
—Pues… no. Le entretuvieron —añadió atropelladamente—. Bueno, Vania, ¿cómo van tus asuntos?