Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Vi que, por alguna razón, quería zanjar la cuestión y cambiar de tema. La observé detenidamente: se notaba que estaba muy desanimada. De hecho, al darse cuenta de que la estaba examinando minuciosamente, volvió rápidamente los ojos hacia mí, con furia repentina y con tanta intensidad que parecía dispuesta a abrasarme con la mirada. «Otra vez está disgustada —pensé—, y no quiere hablar de eso conmigo».

En respuesta a su pregunta sobre mis asuntos, le conté la historia de Yelena con todo detalle. Mi relato la interesó vivamente, y le causó una gran impresión.

—¡Dios mío! ¡Cómo has podido dejarla sola, así enferma! —exclamó.

Le expliqué que no tenía intención de salir en todo el día, pero que luego había pensado que igual ella se enfadaba conmigo si no iba a visitarla, y que a lo mejor me necesitaba para algo.

—Que si te necesito para algo… —comentó pensativa, como si estuviera hablando consigo misma—. Bueno, igual te necesito, Vania, pero mejor en otra ocasión. ¿Has ido a ver a mi gente?

Le hablé de mi visita.

—Sí, sólo Dios sabe cómo va a asimilar mi padre todas estas novedades. Aunque ¿qué es lo que hay que asimilar?

—¿Que qué hay que asimilar? —le pregunté—. ¡Con semejante cambio!


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