Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Bueno, sí… ¿Adónde habrá ido mi padre? La otra vez, creíais que había venido a verme. Mira, Vania, si puedes, pásate mañana por aquí. Tal vez te cuente una cosa… Aunque me pesa tener que molestarte; pero ahora deberías volver a casa a atender a tu invitada. ¿No han pasado ya dos horas desde que saliste?

—Sí, ya han pasado. Adiós, Natasha. Pero dime, ¿cómo estaba hoy Aliosha?

—¿Aliosha? Pues bien… Me sorprende tu interés.

—Hasta la vista, amiga mía.

—Adiós. —Me dio la mano con cierta desidia y evitó mi última mirada de despedida. Me marché de su casa un tanto perplejo. «Aunque la verdad —pensaba yo— es que no le faltan cosas en que pensar. No es para tomárselo a broma. Pero ella misma me lo contará mañana».

Regresé a casa abatido y, nada más entrar, me encontré con una tremenda sorpresa. Vi a Yelena sentada en el sofá, con la cabeza caída sobre el pecho, como si estuviera sumida en sus reflexiones. Ni siquiera me miró; parecía ausente. Me acerqué a ella; estaba musitando algo. «¿No estará delirando?», pensé.

—Yelena, querida, ¿qué te pasa? —le pregunté, sentándome a su lado y cogiéndola de la mano.

—Quiero irme de aquí… Sería mejor que me fuera a su casa —dijo sin levantar la cabeza.


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