Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Adónde? ¿A casa de quién? —le pregunté asombrado.
—A casa de Búbnova. Siempre está diciendo que le debo mucho dinero, que ella pagó el entierro de mamá… No quiero que siga hablando mal de mamá; quiero trabajar en su casa, y devolverle lo que le debo… Entonces, yo misma me iré. Pero ahora tengo que volver allÃ.
—Cálmate, Yelena, no puedes volver a su casa —le dije—. Te harÃa sufrir, te arruinarÃa la vida…
—Pues que me haga sufrir, que me arruine la vida… —Yelena repitió mis palabras con vehemencia—. Yo no soy la primera; otras mejores que yo también sufren mucho. Una pedigüeña me lo dijo en la calle. Yo soy pobre, y quiero ser pobre. Toda la vida seré pobre; es lo que me dijo mamá al morir. Tendré que trabajar… No quiero llevar este vestido…
—Mañana mismo te compro otro. También te traeré tus libros. Vas a vivir aquà conmigo. No te voy a entregar a nadie si tú no quieres; cálmate…
—Buscaré un empleo.
—¡Muy bien, muy bien! Pero cálmate. Acuéstate, duérmete.