Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pero la pobre niña lloraba a mares. Poco a poco las lágrimas dejaron paso a los sollozos. No sabía qué hacer con ella; le llevé agua, le humedecí las sienes, la cabeza. Por fin se tendió en el sofá, completamente exhausta, y sufrió nuevos escalofríos debidos a la fiebre. La arropé con lo primero que encontré, y se quedó dormida, aunque con un sueño intranquilo, entre constantes temblores, despertándose cada dos por tres. Aunque ese día yo apenas había andado, estaba agotado y decidí acostarme yo también cuanto antes. Terribles inquietudes bullían en mi cabeza. Presentía que aquella chiquilla me iba a traer muchísimos problemas. Pero aún me inquietaba más la situación de Natasha. Según lo recuerdo ahora, pocas veces me había sentido yo más abrumado que aquella noche aciaga, en el momento de dormirme.