Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Me incliné sobre ella: había vuelto a subirle la fiebre; estaba sufriendo una nueva crisis. Empecé a consolarla y a tranquilizarla; trataba de convencerla de que, si ella prefería quedarse allí conmigo, no iba a llevarla a ningún sitio. Diciendo esto, me quité el abrigo y el gorro. No me atrevía a dejarla sola en ese estado.
—¡No, no! ¡Márchese! —dijo, dándose cuenta de inmediato de mi intención de quedarme con ella—. Me apetece dormir; me voy a dormir en seguida.
—Pero ¿cómo vas a quedarte aquí sola? —le dije, indeciso—. Aunque la verdad es que en un par de horas estaré de vuelta…
—Pues claro, vaya usted. Si me paso un año entero enferma, no va a estar todo un año sin salir de casa. —Intentaba sonreír y me miraba de un modo algo extraño, como si luchara con algún buen sentimiento que estuviera despertando en su corazón. ¡Pobrecilla! Su tierno, su inocente corazón se asomaba al exterior, a pesar de su aversión a la gente y su evidente encallecimiento.