Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos En cuanto a Anna Andréievna, no tenÃa ni idea de cómo disculparme con ella al dÃa siguiente. Tras darle muchas vueltas, decidà acercarme un momento a los dos sitios. Mi ausencia no iba a prolongarse más de un par de horas, a lo sumo. Yelena estaba dormida y no iba a enterarse de mi marcha. Me levanté rápidamente, me puse el abrigo y cogà la gorra, pero, en el momento mismo en que me disponÃa a salir, Yelena me llamó. Me quedé sorprendido: ¿de verdad habÃa estado haciéndose la dormida?
Debo mencionar, por cierto, que, a pesar de que Yelena dejaba claro que no querÃa hablar conmigo, sus frecuentes llamadas, su necesidad de dirigirse a mà en cada momento de apuro, daban a entender lo contrario, y confieso que me halagaban.
—¿A quién quiere usted entregarme? —preguntó cuando me acerqué a ella. En general, solÃa preguntar de un modo un tanto brusco, de forma completamente inesperada. En este caso, al principio no entendà a qué se estaba refiriendo—. Hace un rato —prosiguió—, le comentaba usted a su amigo que querÃa llevarme a no sé qué casa. Yo no quiero ir a ningún sitio.