Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos A la hora señalada fui a recoger la medicina y aproveché para entrar en una fonda, donde comía a veces y donde me fiaban. Me había traído de casa un recipiente, y le llevé a Yelena una ración de caldo de gallina. Pero no tenía ganas de comer, y de momento el caldo se quedó en la cocina.
Tras administrarle la medicina, me senté a escribir. Creí que estaba durmiendo, pero, al mirarla inadvertidamente, vi que tenía la cabeza levantada y estaba pendiente de mi trabajo. Hice como si no me hubiera dado cuenta.
Finalmente acabó por dormirse; además, para mi enorme satisfacción, vi que dormía plácidamente, sin delirios ni gemidos. De pronto, caí en la cuenta de que Natasha, ajena a lo ocurrido, no sólo podía enfadarse conmigo por no haber ido a verla en todo el día, sino que probablemente se sentiría dolida por mi desinterés en un momento como ése, cuando le haría más falta que nunca. Era muy posible, incluso, que le surgieran ciertas dificultades, o que tuviera la necesidad de encomendarme determinadas tareas, y yo, como hecho aposta, no estaba disponible.