Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Bueno; hace tiempo oà algo de pasada, en relación con otro asunto. Ya te he contado que conozco al prÃncipe Válkovski. Me parece muy buena idea la de mandarla con esos ancianos. Si no, va a suponer una molestia para ti. Y otra cosa más: necesita algún documento. No te preocupes por eso, ya me encargo yo. Adiós, ven a verme con frecuencia. ¿Está dormida ahora?
—Eso parece —respondÃ.
Pero, nada más marcharse, Yelena me llamó.
—¿Quién es? —preguntó con voz temblorosa, aunque me dirigió, como siempre, una mirada inquisitiva y un tanto altiva. No sabrÃa definirla de otro modo.
Le dije que se llamaba Maslobóiev y añadà que gracias a él habÃa podido librarla de las garras de madame Búbnova, y que ésta le tenÃa mucho miedo. De pronto, se ruborizó intensamente, seguramente a causa de sus recuerdos.
—Pero ¿ella va a venir aquà alguna vez? —preguntó Yelena, escrutándome con la mirada.
Yo me apresuré a tranquilizarla. Se quedó callada, y me cogió fugazmente la mano con sus ardientes deditos, pero la soltó de inmediato, como dándose cuenta de lo que hacÃa. «No es posible que le inspire tanta repugnancia —pensé—. Tienen que ser sus modales, o… o sencillamente la pobre lo ha pasado tan mal que ya no confÃa en nadie».