Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Me volví hacia la otra parte del cuarto, pensativo. A lo mejor estaba en un error; pero me dio la impresión de que mi hospitalidad se le hacía difícil de soportar y quería demostrarme, por todos los medios, que no estaba dispuesta a vivir a mi costa. «Si es así, hay que ver qué carácter más duro», pensé. Al cabo de un par de minutos, se acercó y, sin decir nada, se sentó en el sofá, en el mismo sitio del día anterior, mirándome con aire escrutador. Entre tanto, puse la tetera a calentar, preparé té, llené una taza y se la ofrecí, con una rebanada de pan blanco. Lo aceptó en silencio, sin protestar. Llevaba un día entero sin probar apenas bocado.

—Mira, te has manchado ese vestido tan bonito con la escoba —dije, fijándome en una franja sucia en la falda.

Se examinó la falda y, de repente, para mi enorme sorpresa, dejó la taza, sujetó firmemente, con ambas manos, el paño de muselina de la falda y, con aparente calma y sangre fría, dio un fuerte tirón y lo desgarró de arriba abajo. Hecho lo cual, sin decir nada, levantó hacia mí sus brillantes ojos y me miró con obstinación. Estaba pálida.

—¿Se puede saber qué haces, Yelena? —le grité, convencido de que estaba en presencia de una lunática.


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