Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Era un vestido muy feo —afirmó, ahogándose por la excitación—. ¿Por qué ha dicho que era un vestido bonito? No quiero llevarlo —gritó de repente, poniéndose en pie de un salto—. Pienso hacerlo pedazos. Yo no le pedà a esa mujer que me pusiera esa clase de ropa. Fue ella la que me obligó, a la fuerza. Ya he roto un vestido, y pienso romper este otro, ¡lo pienso romper! ¡Lo pienso romper! ¡Lo pienso romper!
Y empezó a destrozar, fuera de sÃ, su pobre vestidito. En un momento lo dejó hecho pedazos. Cuando terminó, estaba tan pálida que apenas se tenÃa en pie. Yo habÃa asistido perplejo a aquella exhibición de rabia. Ella, por su parte, me dirigió una mirada retadora, como si, a sus ojos, yo tuviera parte de la culpa. Pero yo ya sabÃa lo que tenÃa que hacer.
Me propuse comprarle un vestido nuevo esa misma mañana, sin tardanza. Con una fierecilla salvaje y endurecida como aquélla, era preciso recurrir a la bondad. Su forma de mirar hacÃa pensar que nunca habÃa conocido a ninguna persona de buen corazón. Si ya en otra ocasión, a pesar del cruel castigo al que se exponÃa, se habÃa atrevido a hacer pedazos un vestido igual que ése, cabÃa imaginarse con qué rabia habrÃa mirado este otro ahora, al recordarle aquellos momentos tan espantosos.