Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos En el mercado callejero se podía comprar por muy poco dinero un vestido bonito y sencillo. Lo malo era que, en esos momentos, yo estaba casi sin blanca. Pero la misma víspera, al acostarme, había tomado la decisión de acudir por la mañana a un lugar donde esperaba conseguir algún dinero, y ese sitio quedaba, precisamente, en la misma dirección que el mercado. Cogí el sombrero. Yelena no me quitaba el ojo de encima, como si se oliera algo.
—¿Me piensa dejar otra vez encerrada? —me preguntó al verme coger la llave, con intención de cerrar la puerta al salir, como había hecho los dos últimos días.
—Querida —le dije, acercándome a ella—, no te enfades por eso. Echo la llave pensando en que podría venir alguien. Estás enferma, podrías asustarte. Y sabe Dios quién podría venir; imagínate que se le ocurre venir a la Búbnova…
Lo dije a propósito. Si la encerraba, era porque no me fiaba de ella. Pensaba que a lo mejor le daba por marcharse de casa. Por el momento, había decidido ser precavido. Yelena no replicó, y también esta vez la dejé encerrada.