Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡No ha pasado nada! Mañana lo sabrás todo, todo; pero ahora quiero estar sola. Ya me has oÃdo, Vania: márchate ahora mismo. ¡Me resulta muy duro, muy duro, mirarte!
—Pero dime al menos…
—¡De todo te enterarás mañana! ¡De todo! ¡Oh, Dios mÃo! ¿Te vas de una vez?
Me fui de allÃ. Estaba tan estupefacto que no me daba ni cuenta de lo que hacÃa. Mavra me abordó en el vestÃbulo.
—¿Qué, está enfadada? —me preguntó—. Miedo me da acercarme a ella.
—¿Qué es lo que le pasa?
—¡Pues que a nuestro amigo llevamos ya tres dÃas sin verle el pelo!
—¿Cómo que tres dÃas? —pregunté desconcertado—. Pero si ayer me dijo que él habÃa estado aquà por la mañana, y que además tenÃa intención de venir por la tarde…
—¿Por la tarde? Pero ¡si tampoco habÃa venido por la mañana! Ya te digo: tres dÃas lleva sin aparecer. ¿Estás seguro de que ella te dijo que habÃa venido por la mañana?
—Seguro, ella misma me lo dijo.
—Bueno —dijo Mavra pensativa—, entonces, la cosa tiene que ser seria cuando no ha querido admitir que el otro no habÃa venido por aquÃ. ¡Ay, madre!