Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Ella no para de repetir que no está dispuesta a irse a ningún sitio. Y sabe Dios cómo encajarÃa allÃ, asà que no sé qué hacer. Bueno, querida mÃa, ¿cómo estás tú? ¡Ayer no parecÃas estar muy bien! —le pregunté con timidez.
—SÃ… también hoy me duele un poco la cabeza —respondió distraÃda—. ¿Has ido a ver a los mÃos?
—No. Mañana iré. Ya sabes que mañana es sábado…
—¿Y qué?
—Por la tarde vendrá el prÃncipe…
—¿Qué pasa con eso? No me habÃa olvidado…
—No, era sólo…
Se quedó justo delante de mÃ, y estuvo un buen rato mirándome fijamente a los ojos. Su mirada estaba llena de determinación, de tozudez; parecÃa una mirada febril, delirante.
—Mira, Vania —dijo—, hazme el favor de marcharte de aquÃ, tu presencia me incomoda…
Me levanté de mi asiento y la miré con un asombro indescriptible.
—¡Natasha, amiga mÃa! ¿Qué te ocurre? ¿Qué ha pasado? —grité alarmado.