Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos No me replicó. Los labios le temblaban. Daba la sensación de que querÃa decirme algo, pero se resistÃa y se cerraba en banda. Me levanté para a ir a visitar a Natasha. En esta ocasión le dejé la llave a Yelena, con el encargo de que, si venÃa alguien y llamaba a la puerta, respondiera y le preguntara quién era. Estaba convencido de que algo le iba mal, muy mal, a Natasha, y de que por el momento preferÃa ocultármelo, tal y como ya habÃa ocurrido entre nosotros en otros casos. Sea como fuere, decidà no estar más que un minuto en su casa, no fuera a molestarla con tanta insistencia.
Asà fue. Volvió a recibirme de mala gana, con una mirada poco amigable. DeberÃa haberme marchado de inmediato, pero las piernas me temblaban.
—Sólo un minuto, Natasha —aclaré—, para pedirte consejo. ¿Qué crees que debo hacer con mi huésped? —Y empecé a comentarle, a grandes rasgos, la situación con Yelena. Natasha me escuchaba en silencio.
—No sé qué consejo darte, Vania —me respondió—. Todo indica que se trata de una criatura de lo más extraña. Posiblemente, la habrán tratado muy mal y ahora está muy asustada. Deja, por lo menos, que recobre la salud. ¿Estabas pensado en llevarla a casa de mis padres?