Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Yo puedo hacer la colada. Y ¿de dónde trajo usted ayer la comida?

—De una fonda.

—También sé guisar. Ya le prepararé yo la comida.

—Ya es suficiente, Yelena; ¿qué sabes tú de cocina? No digas tonterías…

Yelena se calló y bajó la cabeza. Evidentemente, le había sentado mal mi comentario. Pasaron no menos de diez minutos; los dos estábamos callados.

—Sopa —dijo de repente, sin alzar la cabeza.

—¿Qué pasa con la sopa? ¿De qué sopa me hablas? —le pregunté sorprendido.

—Que sé preparar sopa. Yo se la preparaba a mamá cuando estaba enferma. También hacía yo la compra.

—¿Lo ves, Yelena, lo ves? Pero ¡qué orgullosa eres! —dije, acercándome a ella y sentándome a su lado en el sofá—. Yo actúo contigo como me dicta el corazón. Tú ahora estás sola en el mundo, sin parientes, pasándolo mal. Yo puedo ayudarte. Igual que tú me ayudarías a mí si estuviera en apuros. Pero te niegas a aceptarlo, por eso te cuesta tanto aceptar cualquier regalo mío, por modesto que sea. En seguida te empeñas en pagar por él, en trabajar a cambio, como si yo fuera la Búbnova y te echara algo en cara. Si eso es así, debería darte vergüenza, Yelena.


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