Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Estaba atónita, y además me dio la sensación de que estaba muerta de vergüenza. Pero algo suave, tierno, brilló en sus ojos. Viendo que no decía nada, me fui para mi mesa. Mi comportamiento, evidentemente, la había sorprendido. Pero se sobrepuso, haciendo un gran esfuerzo, y se quedó sentada con la mirada gacha.

La cabeza me dolía, y cada vez estaba más mareado. El aire fresco no me había aliviado en absoluto. A todo esto, tenía que ir a casa de Natasha. Mi preocupación por ella no había disminuido desde la víspera; al contrario, iba en aumento. De pronto me pareció que Yelena me llamaba. Me volví hacia ella.

—No me deje encerrada cuando vaya a salir —dijo, desviando la mirada y pellizcando el borde del sofá, como si estuviera concentrada en esa tarea—. Nunca me voy a alejar de su lado.

—Muy bien, Yelena, estoy de acuerdo. Pero ¿y si viene algún extraño? Cualquiera sabe quién podría venir.

—Pues, entonces, déjeme a mí la llave, y yo ya cierro por dentro; si llama alguien, diré que no está usted en casa. —Me miró con ojos pícaros, como diciendo: «¡Ya ve usted qué fácil!». De repente, antes de que me hubiera dado tiempo a replicar, me preguntó—: ¿Quién le lava a usted la ropa?

—Una mujer de aquí, de la casa.


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