Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Cargado con todo aquello, regresé a casa a la una de la tarde. Prácticamente no hice ningún ruido al abrir con la llave, de modo que Yelena tardó en darse cuenta de que había llegado. Advertí que estaba al lado de mi escritorio, de pie, hojeando mis libros y mis papeles. Cuando por fin me oyó, cerró de golpe el libro que estaba leyendo y se retiró del escritorio, colorada como un tomate. Eché un vistazo al libro: se trataba de mi primera novela, en su edición como libro independiente, en cuya portada figuraba mi nombre.

—Ha llamado alguien mientras usted estaba fuera —me dijo en un tono que dejaba entrever un reproche por haberla dejado encerrada.

—¿No sería el doctor? —le dije—. ¿Tú no respondiste, Yelena?

—No.

Sin replicar, deshice el paquete y saqué el vestido recién comprado.

—Mira, Yelena, querida —dije, acercándome a ella—, no puedes seguir llevando esos trapos. Te he comprado un vestido, uno muy sencillo, baratísimo, no tienes por qué preocuparte: sólo cuesta un rublo con veinte kópeks. Disfrútalo.

Puse el vestido al alcance de su mano. Se ruborizó y me miró unos instantes con los ojos a cuadros.


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