Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Una vez conseguido el dinero, me dirigà al mercado. Allà no tardé en dar con una anciana, conocida mÃa, que vendÃa toda clase de ropa. Le expliqué, más o menos, cuál era la talla de Yelena, y en un santiamén me escogió un vestido claro de percal, muy resistente y prácticamente nuevo —no lo habÃan lavado más de una vez—, baratÃsimo. De paso, también le compré un pañuelo para el cuello. Mientras pagaba, se me ocurrió que a Yelena también le hacÃa falta una pelliza, un mantón o algo por el estilo. El tiempo era frÃo, y no tenÃa nada de abrigo. Pero dejé esta compra para otra ocasión. Yelena era tan orgullosa, tan suspicaz. A saber cómo recibÃa el vestido nuevo, y eso que habÃa elegido, a propósito, uno de lo más sencillo y discreto, algo de lo más corriente que se podÃa encontrar. De todos modos, le compré dos pares de medias de hilo y otro par de lana. PodÃa regalárselos con el pretexto de que ella estaba enferma, y la casa era frÃa. También necesitaba ropa interior. Pero todo eso lo aplacé para cuando la conociera un poco mejor. No obstante, compré unas viejas cortinas para separar la cama: era algo imprescindible, y podÃa poner muy contenta a Yelena.