Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Estorbando todo lo que ahora mismo se está tramando. Escucha: no vayas a pensar que estoy hablando movido por la ternura paterna o alguna debilidad semejante. ¡Eso son tonterÃas! Las interioridades de mi corazón no las exhibo ante nadie. Ya lo sabes. Mi hija me dejó, se marchó de casa con su amante, yo me la arranqué del corazón, para siempre, aquella misma tarde, ¿recuerdas? Si me has visto sollozando sobre su retrato, eso no significa que tenga intención de perdonarla. Tampoco entonces la perdoné. Lloré por la felicidad perdida, por mis sueños estériles, pero no por ella tal como es ahora. Puede que llore con frecuencia; no me da vergüenza reconocerlo, igual que tampoco me da vergüenza reconocer que antes querÃa a mi niña más que a nada en el mundo. Todo eso está en aparente contradicción con mi conducta de ahora. PodrÃas decirme: si es asÃ, si le da igual el destino de ésa a la que ya no considera hija suya, entonces ¿por qué se inmiscuye en lo que se está tramando? Te respondo: en primer lugar, porque no estoy dispuesto a permitir que triunfe ese hombre pérfido y vil; en segundo lugar, por un elemental sentimiento de humanidad. Aunque ya no sea mi hija, sigue siendo una criatura débil, indefensa y engañada, a la que seguirán engañando hasta acabar por perderla del todo. Yo no puedo intervenir directamente en este asunto, pero sà puedo hacerlo de forma indirecta, por medio del duelo. Si me matan o derraman mi sangre, ¿cómo va a pasar ella por encima de la lÃnea divisoria en el campo de honor, tal vez incluso por encima de mi cadáver, y unirse en matrimonio con el hijo de mi asesino, como hizo la hija de aquel rey (acuérdate, venÃa en aquel libro con el que aprendiste a leer) que pasó con su carroza por encima del cadáver de su padre? Y, en definitiva, si el duelo llega a celebrarse, nuestros propios prÃncipes serán los primeros en no querer que haya boda. En resumen, no deseo ese matrimonio y haré todo lo que esté en mi mano para impedirlo. ¿Me comprendes ahora?