Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Los ojos le brillaban. Estuve largo tiempo mirándole en silencio. QuerÃa penetrar en sus secretos más ocultos.
—Escúcheme, Nikolái Sergueich —dije al fin, dispuesto a pronunciar la palabra clave, sin la cual no llegarÃamos a entendernos—. ¿Puede usted ser conmigo completamente sincero?
—SÃ, sà puedo —respondió con firmeza.
—DÃgame claramente: ¿sólo es el afán de venganza lo que le lleva a desafiarle o tiene usted algún otro propósito?
—Vania —respondió—, tú sabes que yo no le permito a nadie que haga alusión a determinadas cuestiones cuando habla conmigo; pero en esta ocasión haré una excepción, porque tú, tan perspicaz como siempre, te has dado cuenta en seguida que es imposible eludir esa cuestión. SÃ: tengo, además, otro propósito. Me propongo salvar a mi hija descarriada, rescatarla del camino de perdición al que se ve empujada, dadas las últimas circunstancias.
—Y ¿cómo piensa salvarla con ese duelo? Ésa es la cuestión.