Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Muy bien, muy bien; ya sé lo que me va a decir. Pero ¿de qué va servir su actuación? ¿Qué va a solucionar con un duelo? Le confieso que no entiendo nada.
—Ya me imaginaba yo que no ibas a entender nada. Escucha: nuestro pleito ha concluido (o, más bien, concluirá en breve; sólo restan algunas formalidades sin importancia); he perdido. Voy a tener que pagar diez mil rublos; ésa ha sido la sentencia. La hacienda de Ijménevka garantiza el pago. En consecuencia, ahora este canalla tiene asegurado su dinero, y yo, hipotecando Ijménevka, ya he pagado y tengo las manos libres. Ahora puedo decirle al príncipe, con la cabeza bien alta: «Muy bien, noble príncipe, lleva usted insultándome dos años, ha mancillado mi nombre y el honor de mi familia, ¡y he tenido que aguantar todo eso! Antes no habría podido retarle a duelo. Me habría dicho usted, con todo descaro: “Ah, pero qué pícaro, pretendes matarme para no tener que pagarme, porque ya te vas dando cuenta de que, tarde o temprano, te van a condenar a indemnizarme. No, vamos a ver primero cómo se resuelve el pleito, y luego ya me podrás retar”. Ahora, noble príncipe, el proceso ha concluido, su dinero está a salvo, y no hay ningún impedimento; así que, ¿tendría usted la gentileza de encontrarse conmigo en el campo de honor?». Esto es lo que hay. ¡No me digas que no tengo derecho a vengarme de una vez por todas! ¡De vengarme por mí, por todo, por todo!